Súbito diálogo con mi yo en domingo

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Dicen que lo ideal es conocer a esa persona de la que te enamoras profundamente nada más verla y que a partir de ahí no necesitas más a pesar de que el mundo siga andando y cambiando.

Creí que no necesitaría a nadie más, pero me estaba perdiendo muchas cosas, demasiadas. La amistad es súbita y el amor también y aquello que me parecía inamovible, se tambalea, salta, gira, se da la vuelta  y se me presenta como un impulso que se ha cruzado en mi camino sin yo quererlo, desearlo y ni tan siquiera imaginarlo…

Ese regalo improvisado que me hace sentir, vibrar y vivir, sobre todo vivir…¿Inquietud por qué vuelves?

A veces no creo en lo que creo, pero mientras hablo, escribo o sueño no muero. No deseo hacerlo y menos en domingo.

 

Multiplicar por uno

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Ha despuntado el alba y la lenta mano del destino se extiende para tirar de la sábana y dejarte siempre al desnudo. Con el amor de las cosas que quieres o que al menos deseas.

Me levanto temprano. La música me atempera de pesadillas y también de sueños, la luz me da la vida y la lectura me acompaña en el desayuno. Frugal desayuno. No necesito más. Los restos de la noche anterior, fueran los que fuesen, ya quedaron como escribe Fernando Aramburu en migajas que devora el olvido. 

Por el mantel desdoblado supe que cené. No recuerdo qué. Lo que sí sé con certeza es que el postre no vino a su tiempo, casi siempre llega tarde, de madrugada. La culpa es solo mía. Como mal y duermo peor. Así las cosas siempre a deshoras no sólo sientan mal, sino que pueden llegar a enfermarnos.

No percibí que quedaran migajas esparcidas por el suelo que yo no puedo recoger hasta la mañana siguiente cuando me apercibo que la suela de mis zapatos no va lo rápida que debiera. Algo se adhiere a ella. Puede ser que mis cimientos deseen pegarse a algo o a alguien. Pudo ser un postre dulce tal vez, pero no recuerdo haber catado nada de repostería, siendo golosa como soy, ni tampoco cené con nadie. No hubo tarta ni pasteles…¿Entonces?

Pero alguien que me quiere bien desea hacerme creer que debo llevar una vida ordenada, medianamente ordenada en lo que a la comida se refiere, llega como de costumbre y me riñe. Vela por mí, cosa que le agradezco. Y yo en un arrebato entre cobardía  y miedo le invito a que vuelva a desayunar conmigo. Sólo un café y un trozo de bizcocho casero.

Porque una comida en compañía, aunque sea frugal, siempre resulta grata y en este caso más. Un dolor o una soledad no pueden, por más que yo me empeñe, en multiplicarlos por uno  porque siempre serán uno.

 

 

La certeza de no desear restar

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Quisiera perderme entre la bruma, abrir mis brazos y percibir tu abrazo húmedo y mojado, ahí donde termina la noche y la niebla se empieza a despejar.

Las palabras, esas que llevan conmigo varios días y a las que tanto quiero mueren allí, aquí, en la orilla, frías, desnudas, pero aun así nunca restan. Al revés, se multiplican cada vez que una luz pequeña y próxima las ilumina.

El despertar de sentimientos, ya sea entre la neblina o en el silencio de una habitación interior, no se puede describir sino eres capaz de sentirlos, de percibirlos, de notarlos e incluso de escucharlos sin oírlos aunque las paredes no hablen.

A veces, en este otoño que sigue siendo casi primavera, desearía que el viento arrastrase y elevase las hojas  unos centímetros del suelo,  para hacerme ver la realidad  y me alejasen de un atisbo de sueño imperfecto. Sí, de esa certeza que yo no deseo que nunca reste  y que sin saberlo y sin quererlo puede morir, por mucho que yo desee que las palabras sigan expresándose de forma sincera, auténtica, fija y exacta. Las matemáticas lo son, pero las palabras no.

Todo cuanto haga, escriba o diga puede ser una caricia tardía en una tarde de niebla que declina, en donde sea yo o la bruma la que más tarde o más temprano pueda desaparecer sin yo desearlo.

 

Suma y sigue

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El viento existió esta pasada noche, pero ya se marchó. También vinieron otras cosas…intangibles algunas y reales otras e igualmente se fueron, pero espero y deseo que vuelvan. Yo siempre espero.

Hace unos días escribí sobre palabras y he prometido a alguien seguir con ellas procurando ser menos abstracta y aún más clara, más directa. Y no hay como que alguien me lance un reto para yo convertirlo en un desafío. Es la “Seducción de las palabras” de la que escribe Alex Grijelmo.

¿Cómo han llegado a conquistarme? No lo sé, pero lo han hecho. Son, como escribe su autor, los embriones de las ideas, el germen del pensamiento, y yo añado que son una razón para vivir y un apéndice de los sentimientos. Sin ellas y sin ellos muchas cosas carecerían de sentido aunque no exista mucha lógica cuando de amor se trata.

La voz es el sonido, la imagen, los ojos del que está enfrente. La escritura la imaginación. Yo he abogado siempre por lo primero, pero no dejo de reconocer que me seduce lo segundo. Cada día más y depende de dónde y de quien proceda. Y en ello estoy. No deseo desinstalarme ni de su autor ni de su poética prosa. O tal vez ello haga que siga, cuando no hay otra cosa para mitigar una soledad que se alimenta solo de eso…de silencio, de imaginación, de palabras y de sueños sin sueño.

El abrazo de las palabras

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¡Adelante, mira hacia arriba!, me dijo. Podrás tocar con tus manos la inmensa cortina azul del  firmamento. ¡Qué imperfecta es mi vista cuando levanto mi cabeza y solo confundo el cielo y la tierra! Lo demás se me queda muy lejos o tal vez demasiado cerca. No sé.

Mis ojos se quedan fijos en un punto indefinido y pergeñan una respuesta adecuada a una pregunta  concreta, pero aun cuando yo quisiera ir más allá me trastorno sin yo esperarlo y  las palabras enmudecen, se atascan y se quedan prisioneras en algún lugar de mi cabeza. No salen.

El corazón no sabe en ese momento lo que la inteligencia va a decir, pero sí lo conoce después cuando los que soñamos despiertos percibimos una voz lejana entre el rumor de los árboles del otoño que nos dice el por qué no supimos ver esa estrella perdida en el cielo estrellado de la noche.

Las palabras pueden ser al mismo tiempo…cielo, purgatorio e infierno, pero también imágenes de una película no estrenada en donde solo hubiese sido suficiente ese abrazo final entre dos personas que aquellas solo saben dar sin necesidad de tan siquiera tocarse.