Un lugar cercano

 

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Mientras mi mente volaba dando bandazos a lugares lejanos, él estaba más cerca de lo que parecía. Mientras mi impaciencia hacía y deshacía desbaratándole sus planes, su tesón y su paciencia sobre todo, él se adueñaba de mi corazón; algo loco, algo desnortado y un mucho perturbado e igualmente maltratado sobre todo en los últimos tiempos.

Creo que la felicidad o lo que pueda asemejarse a ella, es como esa racha de aire fresco que te llega sin que sepas de dónde procede, pero que te viene bien sobre todo para el alma. El corazón vive un poco a ciegas y un mucho en lógica casi siempre difusa. Jamás en un proyecto definido.

Y te planteas si eso de ir contracorriente es inherente al ser humano, a esa capacidad de adaptarse, queriéndolo o sin querer a las circunstancias. O simplemente vivir. Y no me gusta el infinitivo ya que doy por sentado que somos seres sociales y sobre todo comunicativos porque para instalarse sobre la soledad siempre hay tiempo.

 

El incrédulo y el tiempo lento

 

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Hay un mar de nubes a mis pies. Veo bandadas de pájaros que las traspasan tal vez huyendo del temporal. Podría ir viajando por encima de las nubes, pero no lo hago tan alto, solo un par de metros por encima de mi cabeza. Lo suficiente para soñar, mi mente siempre anda en otros universos, que más allá de lo que nos pasa hay aún muchos otros mundos fuera por descubrir. Yo creo en ellos y desearía desacreditar al que no lo hace, bien porque la vida se ha encargado de castigarle o por una naturaleza nada optimista en momentos puntuales.

Se dice que la incredulidad no es una emoción, sino un espíritu. Trata de que pensamos que una cosa no es como debiera ser. Cerca de mí puede haber quien se lamente porque los vándalos no se castiguen, llevándole como le han llevado a una situación límite, y aun así es capaz de pedir perdón en hechos que él considera injustos.

Es sentirse impotente por fuera y por dentro porque el alma recibe un disparo y el corazón queda herido para siempre. La esperanza se desmorona y los ánimos se desoyen sin llevarle a ningún lugar.

Pero se puede regresar a pesar de la mentira, a pesar del desánimo, a pesar del pesimismo paralizante, a pesar de todo, se puede, se debe volver. Y sin necesidad de pensamientos filosóficos. La solución es mucho más simple y más sencilla.

La fe y la esperanza perdidas pueden eliminar esa duda. Son mucho más cercanas, más eficaces muchas veces y a las que hay que hacer caso aunque cuesten.

Vaciar de momento la mente para poder escuchar canciones completas, leer libros con la tranquilidad que otorga el tiempo lento y esperar…solo esperar.

Y mientras, desinstalemos esa incredulidad terrenal que aquí tenemos por justicia, reparemos el ánimo perdido que podríamos definir como normal que casi siempre se retrasa y mucho, aunque parezca  que en ese diálogo de sordos solo nos escuchamos  nosotros mismos.

 

Por todo y por nada

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Él no escribe poemas, pero sabe escuchar. Mi corazón no escribe versos, no es poeta, pero habla. Yo le abro la puerta periódicamente y él me oye sin pestañear. Él dice que siempre interpongo palmeras entre el paisaje y yo. Tal vez sea porque la vida me las atraviesa. Hoy he imaginado una escueta conversación en la que siempre hay atentos silencios. De una parte y de otra.

__Sé que estás ahí, aquí.

__Lo estoy.

__Sé que me oyes y me ves, cosa por otro lado distinta a otros.

__Lo hago.

__Sé que puedo hablar y que me escuchas.

__Lo sabes.

__Sé que te ha sobrado tiempo para conocerme, creo ser bastante transparente.

__Así es.

__Sé que puedo confiar en ti sin fisuras.

__Lo sabes.

__Sé que te duelen tanto como a mí los dolores de mi alma que yo hago tuyos de forma                           colateral.

__También lo sabes. Shh…no digas nada, te comprendo y desearía ayudarte.

__Ya lo haces.

__Te doy consejos, pero…

__El corazón no entiende. Gracias y perdóname.

__...¿Por?

__Por todo y por nada.

 

 

Otoño a la carta

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También hay un otoño en las emociones. Los días se acortan y los sentimientos parece que también, pero solo es una ilusión óptica. La soledad y los días grises aguardan entre los árboles o en la cima de las palmeras de mis playas.

No hay hojas en la orilla, pero a mí sí que me conmueven las otras, las caducas que un poco más atrás se han suicidado o están a punto de hacerlo sobre el suelo, pero volverán a cobijarnos bajo su sombra.

¿Con qué pretexto salgo y retengo los paisajes idílicos, los días soñados o el tiempo extenso? Forzar puertas para que entre la luz, la claridad, esa que a mí me da la vida no sirve de nada. La paciencia siempre se queda al borde.

Lo que buscamos no está nunca allí donde creemos. Es posible que esté al lado y no sepamos verlo y mucho menos apreciarlo.

Pero un día cualquiera, en un momento cualquiera y con cualquier vago pretexto también o sin ninguno, seguro que podremos elegir a nuestra imagen y semejanza la estación más deseada, manejando los tiempos y las horas en esa leve embriaguez de un otoño a nuestro antojo.