Minutos congelados

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Te despiertas y crees que es un día más y aunque en realidad lo sea, no te lo creas porque no es así. El destino que es muy caprichoso congela a veces el tiempo, lo estrangula, lo paraliza y abre un paréntesis feliz donde hasta ese momento había existido un punto y aparte desde hacía días.

Y se vuelve hasta explícito, cariñoso, balsámico y me atrevería a decir que en ese momento misericordioso. Él no lo sabe pero ha obrado el milagro de convertir unos minutos en una tarde apacible y feliz.  Y me atrevo a suplicarle que se quede, que permanezca a mi lado aun cuando tenga la certeza de que ni me oye ni me ve.

¿Qué por qué me atrae? ¿Que por qué faculta mi inspiración? Enmudezco porque no sé qué responderle. Ni mis labios convertidos en teclas frías, ni mis ojos en pantalla retina, ni mis oídos que nada escuchan sabrían ajustar una respuesta coherente. Es la alegría que esos minutos congelados me transmiten en donde cada palabra es un beso y cada frase un cariñoso abrazo.

Y cuando se recupera la cotidianeidad se reinaugura lo habitual, esa inclemencia desvalida de los días sin fin, de las noches en páramos oscuros y de ese corazón que hay que remendar para que no se vuelva a romper. Es su ley, su destino, oscilaciones a soportar una vez más, pero no pasa nada. Y el milagro existe, viene sin día fijo. Irrepetible y único.

 

 

 

 

Sombras vacías

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Mis armas mágicas son los sueños y la música. Y como bien escribía Pessoa, por música no debe entenderse solo la que se toca porque yo apostillaría que es también sonido todo lo que emana de los sentidos e igualmente aquello que se imagina aunque no se haya escrito en pentagrama alguno.

Y soy yo la que combino ambas cosas y que hoy decoro con este hermoso atardecer que me envías, reflejo de sueños y eco de cualquier música que cante al amor, porque la felicidad tampoco es el deleite físico de esas nubes sobre el agua, es el espejo de lo que está arriba. De esperanza, de fe, de vida. De lo contrario solo serían sombras vacías.

No le llames

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Él siempre estuvo ahí. Sigue estando ahí porque aún hoy yo no sé vivir sin su compañía. Unas veces erguido, otras algo encorvado y en ocasiones…muchas, agazapado. Me esquivaba cuando yo quería seguirlo, sin embargo siempre me persiguió por los caminos polvorientos que no llevan  a ninguna parte .

Me inflamaba en noches oscuras disfrazado de mil maneras, en instantes en donde me dejaba  casi siempre desgarrada, pero en momentos dichosos y mágicos casi siempre aparecía de forma fugaz y yo edificaba a mi alrededor ese cercado  imaginario para evitar que se me escapase.

Por montes, riberas y ríos, debiendo existir árboles majestuosos siempre existieron  rastrojos, bosques perversos y flores marchitas. A veces un rincón en un jardín pequeño que es el recuerdo idílico que de él conservo. Y hubo primaveras en invierno y mariposas en el cerebro que para conjugar ambas cosas el corazón hubo que dividirse, saliendo trastabillado y casi siempre partido y pisoteado.

Pero yo seguiré tras él con el arrebato que ese deseo produce; dolencias, suplencias y bastantes carencias. Todo mezclado en un camino a medias. Siempre he ido a contracorriente como he podido o de la forma en que me han dejado, aún hoy también. Despertarse sin nada cuando  crees acostarte con todo.

Y el todo es…todo porque en cuanto más lo busques menos aparece. No lo llames porque él te encontrará, el amor es así.

Ícaro en domingo

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¿Quieres volar? Pues vuela. No hay que corregir los gestos de la vida porque no se hunde el mundo si le contradecimos de vez en cuando. Así que desafiando la ley de Newton, colócate unas alas y enlazando tus sueños con los míos acompáñame a volar aunque solo sean unos minutos. Me da igual que sea en el mundo del silencio, de las palabras o de los hechos.

No temas al vacío, está lleno de instantes y esos siempre dormitan, solo es necesario contradecirlos. Déjate acariciar por los vientos aunque ahora soplen menos, sobre todo en la dirección que deseas. En agosto solo arrasa el estío, achicharra, quema, calcina…pero pasará.

Déjame construir cual Dédalo protector un mundo mínimo e invisible donde la felicidad no solo sea un espejismo. Escaparemos de esta vida aislada para sacudirnos la tierra y encontrarnos  con el mar, siempre el mar.

Yo ya no estoy en lo que se fue, sino en lo que está por venir y aunque al pájaro se le derritan las alas y no pueda o no desee volar, yo jamás se las cortaré porque a eso también se le llama amor.