Una piedra en el camino

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Ella me vio aparecer por el pasillo y se abrazó a mí como el que ve un oasis en mitad del desierto de la desgracia inesperada. No me conocía de nada y solo llevaba unas pocas horas allí. Lloraba desconsolada, con esa lágrimas de impotencia incontenida que se derraman cuando ves como en segundos el mundo se derrumba a tus pies. Cuando esa enorme piedra cae en medio del camino y te obstruye el paso de ese tránsito que transcurría apacible y normal hasta ese momento.

El tiempo pasa y parece no decirnos nada hasta que se deja sentir con un solo gesto. Y es su presencia la que nos hace preguntarnos esa interrogante despiadada del por qué me ha tocado a mí.

Solo me fundí con ella en ese abrazo mudo, tal vez de minutos, que no traduce nada, pero que lo dice todo porque la manera más sutil de demandar consuelo y compañía casi siempre es sin palabras.

Todo lo que yo pudiera decirle estaba de más en esas esferas en las que los dioses habitan cuando alguien les solicita alivio. Balbuceos ininteligibles que quise comprender cuando tan solo pude entender dos palabras… ¿Por qué?

Pasados los primeros angustiosos minutos y en una acogida cálida por su parte, fue capaz de legitimar con detalle, pero sin aspavientos, su tristeza, su desesperación, su temor, pero en ningún momento rabia alguna. Se definió sola, ella y el que unos metros más allá estaba postrado en una cama, su hijo.

La tarde palideció con unas sonrisas tímidas, pero llenas de esperanza por su parte, ánimo por la nuestra y distracción de esos otros que tienen la virtud de hacer con experimentos sencillos una ciencia divertida para niños.

El ser humano es caedizo, efímero y dispuesto siempre a levantar las piedras más grandes que se interpongan en su camino. Esa fuerza que derriba montañas y que atraviesa océanos. Capaz de todo eso y más porque el amor de madre no conoce obstáculos y en su naturaleza de altruista y generoso es el más sagrado de los vínculos.

Los gritos y las dudas

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Los pocos y buenos amigos que aún me quedan aunque no estén, se pasean de noche por mis sueños ligeros en una sensación de búsqueda acogedora que me gusta. Unas veces para desahogar ese corazón humano que se desborda cuando está angustiado, fatigado,  perseguido, preocupado…y otras con halagos por medio de palabras amables y  promesas sin importancia  que pueden caer en el olvido despistado, pero me agrada que me busquen y yo estaré ahí siempre.

Para mí, nada vale más como el alivio y el consuelo de un alma que grita y sufre aunque sea a las tantas de la madrugada. Y pienso que lo real se halla siempre más distante que esas estrellas que recuento por las noches, pero la felicidad tiene múltiples vericuetos para manifestarse.

Más tarde cuando descubro ya que la luz me ata al día, observo que el horizonte está donde estaba y que la felicidad, esa que nos confunde en creer que durará para siempre no es más que un agujero más en el vacío de mis noches, pero no pasa nada. La realidad se hace sitio y los objetos que creí haber encontrado para sofocar gritos y tratar de calmar dudas podrían ser  algo más  que trozos de sueños fusionados con sentimientos y esos, como alguien escribió hace poco, solo hace falta unirlos, recomponerlos y volver a vivir, que es lo que importa.

Me enseñaron a confiar, a calmar gritos desesperados, a escuchar a aquellos que desean ser oídos aunque no siempre consiga el resultado esperado. Y no tengo por más que recordar de nuevo a mi querido M. Alcántara…”Dudar es el principio de todo trayecto hacia la sabiduría”. Todos hemos deseado ser alguna vez sabios