Tres palabras para un sueño

 

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Me encuentro con él  de sopetón y de madrugada. Aún permanezco despierta porque el sueño y yo tenemos desde hace tiempo una amistad bajo sospecha. El corazón se me paraliza y la mirada se me pierde por esos cielos aún oscuros que en ese momento no puedo ver desde mi cama.

Quiero y deseo pensar que no es una alucinación de esas que Oliver Sacks tanto ha escrito en su libro del mismo título. No, no lo es. Lo leo del tirón sin detenerme ni en los puntos, ni en las comas, ni en los puntos suspensivos ni en el maravilloso paréntesis. ¡Ay,  los paréntesis! Algo así como un texto plano, que no lo es. Yo respondo con sólo dos palabras.

La pantalla se apaga y queda el silencio que ya estaba, pero algo lo ha hecho diferente. Oigo música, veo libros, escudriño momentos contados, añado una búsqueda a mi hemeroteca particular y rememoro situaciones que me llenaron de angustia, preocupación e impotencia. Dieciséis años es mucho tiempo.

La inacción se apodera de mí y mi mente vuela, pero mi cabeza me pide seguir en el suelo. Algo así como ser esclava de sensaciones de naturaleza desconocida. Mi corazón va poco a poco aminorando su sobresalto inicial, pero deseo cobijarlo bajo la sábana para que la astenia primaveral no lo canse demasiado y pueda, llegado el caso, traducir en imágenes reales esas tres palabras que esa noche dejé anotadas en un post-it para no olvidarlas en mucho tiempo; la disculpa, el cumplido y la esperanza.

Una hora escapada

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Absorta y con la mirada perdida. Y él encandilándome a borbotones mientras que yo trato de guardar tantas imágenes en mi cámara que a veces la bloqueo.

Deseo hacer de esto cotidiano algo extraordinario, pero a veces buscar aquello que quiero es bastante más  difícil que mirar un mar azul intenso y pensar por anticipado que el agua estará fría, muy fría.

Se lo pregunto una y otra vez, pero él jamás me responde.

¿Dónde fueron las conquistas aquellas fruto del esfuerzo de media vida? ¿Por qué los sueños duraron tan poco, o siendo sincera, por qué no se alargaron más?

Pero huele a frío y flores al mismo tiempo. A despojos y esperanzas.

Y mientras el tiempo no se adelante más de una hora habrá tiempo para conquistar aquellos universos soñados que pueden degustarse en menos de sesenta minutos y paladearse toda una vida.

Salir

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Solo balbucea cuando desea algo. Sus grandes ojos cubiertos por unas tupidas pestañas nos miran inquiriendo gestos, solo gestos. A él le sobran las palabras aunque  aún no las tenga. Nos pide salir. Solo salir.

Solo tiene 3 años. Podría ser la edad de un niño cualquiera, pero desgraciadamente es algo más; el mismo tiempo que lleva viviendo en el sitio en donde está

Su piel prematuramente envejecida para su edad y debido a los tratamientos médicos es muy frágil, demasiado. Y aun así desearía ser acariciada por una brisa leve, no digamos por unos rayos de sol, de ese sol  que da la vida.

Él aprieta nuestras manos y nos conduce unos pocos metros más allá de donde tiene su casa. Y siempre en una misma dirección, la calle. Le interrumpimos con el balón, con ese que casi le supera en tamaño o con la portería de juguete en donde él cabe en cuclillas.

Afuera se despierta la primavera pero allí dentro hay una continua estación en donde el tiempo atmosférico poco importa.

Esta historia no es solo mía sino de muchos más. Para ser feliz no es necesaria una historia fantástica sino una realidad a la vuelta de la esquina.

 

 

 

La ilusión y el desencanto

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Es temprano y el sol hace tan solo un rato que se ha asomado por el horizonte. El  sopor de la noche  aún se deja caer sobre la arena que sigue estando algo húmeda.  Estás lejos y no hemos concertado ninguna cita.

Me siento cerca de la orilla y embarcándome en la imaginación comienzo a conversar contigo. Te veo triste, agotado, con la mirada perdida y un mucho desanimado.

Sé que la has perdido. Que ella va y viene a capricho, ya sabes. Que hay temporadas en que desaparece dejando tu existencia aún más monótona y vacía. Que pones todas tus ganas y sobre todo el corazón en hacer que te lleve, pero no te dejan. Se torna silenciosa y a su manera va horadando tu paciencia y tus ganas infinitas, que son muchas.

Me hablas de rebaños, me hablas de locuras, me preocupas sin saberlo con ese cansancio que traspasas en tus palabras y con esa sensación de impotencia en el descreimiento de emociones por llegar.

Has hecho de tu batalla ese clamor atroz que nadie desea escuchar, el desánimo astillas y me lo has colado dentro. No me importa yo lo hago míos también. Tu estilo te define porque hasta para quejarse se necesita inteligencia y de esa tú andas sobrado.

Con ilusiones vivimos y sin ellas solo somos sombras vagabundas en un universo desencantado.

 

No se está, simplemente se es

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Mi motor de arranque detesta pasear por lugares atestados, prefiere un poco la tranquilidad al bullicio, el sosiego al griterío y la calma frente al alboroto. Las idas y venidas lo han convertido en receloso, desconfiado y algo escarmentado.

Todo lo contrario a su dueña que aparenta vehemencia e impaciencia, pero creo que ese es el disfraz de los que somos algo tímidos.

Pero llegó él, no sé si por casualidad o esa causalidad que casi siempre te desarma cuando sobreviene sin que te lo esperes. Ha mirado en el  interior y a mi corazón solo le han sobrado  esas cuatro frases sin apariencias de nada para ser reconquistado y volver a confiar. Porque la realidad no está donde se supone sino en algún lugar fuera de los mapas convencionales. La vida se  escribe así y Fernando Pessoa me lo ha recordado.

“Vale más la pena ver una cosa siempre por primera vez que conocerla, porque conocer es como no haber visto nunca por primera vez, y no haber visto nunca por primera vez es sólo haber oído contar”